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Cuentan (y puede que no sea cierto) que, en un país europeo, la enseñanza estaba deteriorándose cada vez más, hasta el punto de que el propio futuro del país se veía muy oscuro (por no decir negrísimo).
Todos los ministros de Educación de los últimos años habían sido cesados o habían dimitido ante el desbarajuste educacional que existía de forma persistente. El último fue cesado de manera bochornosa, al no haber podido ni siquiera decir el número de analfabetos del país ante las cámaras de televisión: '¡Es que sólo se contar hasta un millón!', había sido su burda excusa.
El Presidente de la Nación, preocupadísimo ante este problema, ordenó constituir un Gabinete de Crisis, formado por los ministros más representativos del Gobierno, para estudiar posibles soluciones.
Después de dos meses de contínuas deliberaciones, el Gabinete de Crisis propuso hacer un conjunto de pruebas al candidato a titular del Ministerio de Educación, para paliar, en principio, los problemas debidos a la total ignorancia de algunos de los ministros anteriores.
Tres meses más tarde, y después de acaloradas discusiones, el Gabinete de Crisis propuso a un Grupo de Expertos, según una idea original del Presidente, el diseño del examen, que debía constar de preguntas de Matemáticas fundamentalmente, para probar la inteligencia del aspirante, y de Inglés, debido a las intensas relaciones internacionales que mantenía el país.
Seis meses más tarde, el Grupo de Expertos había escrito las cuestiones del examen en su totalidad y el Gabinete de Crisis había dado el visto bueno. Y se fijó para un día del mes siguiente la fecha de celebración. Caridad Arteaga, oscura funcionaria del Ministerio de Asuntos Propios y afiliada al partido en el poder, fue propuesta por el Presidente para superar las pruebas.
Y el día esperado llegó por fin ... Caridad Arteaga se presentó en la sala donde debía realizar el examen provista de lápiz y goma de borrar, únicos utensillos permitidos según las bases publicadas en toda la prensa. Y le dieron la hoja en donde debía contestar a las preguntas. Eran éstas:

El semblante de Caridad se tornó poco a poco ceniciento conforme iba leyendo las pruebas y decidió seguir el orden prefijado en las cuestiones. Empezó, pues, con la primera. Y pensó: 'Uno por nueve... uno por nueve... uno por nueveeeeeee...'. Lo sabía. Seguro que lo sabía, aunque ahora, con los nervios, no lo recordaba...
Al cabo de diez minutos consiguió recordar: '¡Claro!: UNO POR NUEVE ES NUEVE, ¿cómo iba a ignorar esta evidencia?...'. Lo anotó en el lugar correspondiente y continuó... Continuó casi media hora cavilando acerca de los otros productos, pero no consiguió ningún nuevo resultado.
Nerviosa, pasó a la siguiente prueba con la esperanza de tener mejor suerte pero, al leerla, se desesperó: ¿Cómo voy a saber lo que son las diagonales si no dejan tener ni un mísero diccionario?. Y pasó a la última prueba. La leyó, se rió con esa desvergüenza que da la ignorancia y pensó: '¡de perdidos al río..!'. Y escribió: NO SÉ, pero "todo seguido" y sin acentos: ¡para qué malgastar espacios!
Esto se estaba convirtiendo en un suplicio. Decidió volver a la primera prueba y contar los fallos. Como no estaba segura de su memoria iba anotando el número de fallos, a la derecha del signo igual de cada producto, al contarlos. Y llegó hasta el 9x9=, y puso un 8. ¡Ocho fallos!. Imposible. No podía ser. Segura de haberse confundido volvió a contar los fallos, pero de abajo arriba, anotando también el número de fallos. Y, claro, llegó otra vez a 8 a la altura del 1x9=, que ya tenía el 1 del primer conteo de fallos.
En un ataque de furia hizo dos trazos rápidos sobre el rectángulo, con más intención de desahogarse que de tacharlo ("¡esto no lo aprueba ni Dios!", debió pensar), quedando todo el examen como se ve a continuación:

EPÍLOGO
Ha pasado un año. La ministra de Educación, Excelentísima Señora Doña Caridad Arteaga, ha celebrado el primer aniversario de su toma de posesión, después de que superase brillantemente las pruebas a que fue sometida para acceder al cargo, inaugurando el Auditorio 'Johan Sebastian Mastropiero', dedicado al eximio autor argentino de música clásica (¿o es un clásico autor de música argentina?... no recuerdo...).